jueves, 20 de octubre de 2016

Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia. Pseudo Calístenes



Pseudo Calístenes es la denominación que se ha dado al autor de un libro acerca de la vida de Alejandro Magno titulado Vida y Hazañas de Alejandro de Macedonia. Pertenece al siglo III. El libro tuvo un gran éxito, a pesar de los numerosos errores que contiene de tipo geográfico e histórico y de que su estilo fue calificado como mediocre. Cabe destacar, sin embargo, el tratamiento de Alejandro como si de un héroe mitológico se tratase, así como el exotismo de las descripciones de los parajes. El libro se tradujo muy pronto a numerosos idiomas: latín, armenio, sirio, árabe, turco, copto, etíope y hebreo, a partir de dos versiones en griego que presentaban ciertas diferencias y que se han dado a llamar recensión A y recensión B. Se considera, de hecho, el segundo libro más traducido después de la Biblia, hasta la época renacentista. La obra tuvo gran influencia en los escritos que, acerca de Alejandro, realizaron los cronistas bizantinos y los poetas persas Firdusi y Nizami.

Era probablemente de Alejandría, lo que se ha supuesto debido al conocimiento que demuestra en su obra acerca de esa zona de Egipto y el nombre de Pseudo Calístenes se le dio porque Juan Tzetzes y algunos manuscritos atribuyeron su autoría a Calístenes, el sobrino de Aristóteles que acompañó como historiador a Alejandro Magno en sus viajes.

Se considera que las principales fuentes de la obra fueron un relato histórico de época helenística acerca de Alejandro y una colección de cartas, además de otros relatos más pequeños, independientes, acerca de parajes y sucesos fabulosos.

Esta novelesca biografía recrea la vida y la figura del gran conquistador macedonio aprovechando la larga tradición historiográfica anterior, pero infundiendo al conjunto un tono legendario.Alejandro es aquí el último héroe griego, destinado a convertirse en el monarca de un inmenso imperio, soberano magnánimo e invencible, que pretende alcanzar los confines del mundo por Oriente, que asciende a los cielos en un carro tirado por grifos, se sumerge en el fondo del océano en una bola de cristal, y perece envenenado en la misteriosa Babilonia, en plena gloria y juventud.

De esta obra del Pseudo Calístenes deriva la mayor parte de las Leyendas, Vidas, Romans, Historias o Éxitos de Alejandro Magno que se multiplicaron a partir del siglo V

martes, 24 de mayo de 2016

Hera y Afrodita


Respondióle Afrodita, hija de Zeus:
— ¡Hera, venerable diosa, hija del gran Cronos! Di qué quieres; mi corazón me impulsa a realizarlo, si puedo y es hacedero.
Contestóle dolosamente la venerable Hera:
— Dame el amor y el deseo con los cuales rindes a todos los inmortales y a los mortales hombres. Voy a los confines de la fértil tierra para ver a Océano, padre de los dioses, y a la madre Tetis, los cuales me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio, cuando el longividente Zeus puso a Cronos debajo de la tierra y del mar estéril. Iré a visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis palabras su ánimo y lograra que reanudasen el amoroso consorcio, me llamarían siempre querida y venerable.
Respondió de nuevo la risueña Afrodita:
— No es posible ni sería conveniente negarte lo que pides pues duermes en los brazos del poderosísimo Zeus.
Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Púsolo en las manos de Hera, y pronunció estas palabras:
—Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que te propongas.
Así habló. Sonrióse Hera veneranda, la de los grandes ojos; y sonriente aún, escondió el ceñidor en el seno.

Homero. Ilíada, XIV, 193-223.

Traducción de Luis Segalá y Estalella, 1910.

viernes, 11 de marzo de 2016

Las amenazas de Zeus


Dijo Zeus:
—Tu engaño, Hera maléfica e incorregible, ha hecho que Héctor dejara de combatir y que sus tropas se dieran a la fuga. No sé si castigarte con azotes, para que seas la primera en gozar de tu funesta astucia. ¿Por ventura no te acuerdas de cuando estuviste colgada en lo alto y puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos áureas e irrompibles esposas? Te hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes, los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados, pero no podían desatarte —si entonces llego a coger a alguno, le arrojo de estos umbrales y llega a la tierra casi sin vida—, y yo no lograba echar del corazón el continuo pesar que sentía por el divino Heracles, a quien tú, produciendo una tempestad con el auxilio del Bóreas arrojaste con perversa intención al mar estéril y llevaste luego a la populosa Cos, allí le libré de los peligros y le conduje nuevamente a la Argólide, criadora de caballos, después que hubo padecido muchas fatigas. Te lo recuerdo para que pongas fin a tus engaños y sepas si te será provechoso haber venido de la mansión de los dioses a burlarme con los goces del amor.

Homero. Ilíada, XV, 14-33. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)

martes, 16 de febrero de 2016

Hera y Atenea desafían a Zeus


La venerable diosa Hera, hija del gran Cronos, aprestó solícita los caballos de áureos jaeces. Y Atenea, hija de Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus manos; vistió la coraza de Zeus que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos monta en cólera. Hera picó con el látigo a los bridones, y abriéronse de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan las Horas —a ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo— para remover o colocar delante la densa nube. Por allí, a través de las puertas, dirigieron aquellas deidades los corceles dóciles al látigo.

El padre Zeus, apenas las vio desde el Ida, se encendió en cólera; y al punto llamó a Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:
—¡Anda, ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan y no les dejes llegar a mi presencia, porque ningún beneficio les reportará luchar conmigo. Lo que voy a decir, se cumplirá: Encojaréles los briosos corceles; las derribaré del carro, que romperé luego, y ni en diez años cumplidos sanarán de las heridas que les produzca el rayo, para que conozca la de los brillantes ojos que es con su padre contra quien combate. Con Hera no me irrito ni me encolerizo tanto, porque siempre ha solido oponerse a mis proyectos.

Homero. Ilíada, VIII, 381-408. Traducción de Luis Segalá y Estalella, 1910.